El miedo que nos paraliza

 

Creo adecuado comenzar con una pequeña aclaración del funcionamiento del cerebro, según ideas de Paul MacLean, médico y neurocientífico norteamericano que se dedicó al estudio de los procesos emocionales en nuestra mente. Estos, surgen del sistema límbico (formado por varias estructuras cerebrales que regulan la fisiología humana frente a ciertos estímulos y donde se alojan nuestros instintos). Entre ellos encontramos la memoria involuntaria, el hambre, la atención, los instintos sexuales, las emociones (placer, miedo, agresividad, etc.), la personalidad y la conducta. Está formado por el tálamo, hipotálamo, hipocampo, amígdala cerebral, cuerpo calloso, septo y mesencéfalo. El sistema interacciona velozmente (sin que necesiten mediar estructuras cerebrales superiores) con el sistema endocrino y el sistema nervioso periférico.

En 1952 MacLean propuso que hay estructuras neuronales que funcionan como un sistema de gran importancia para su desarrollo. Dentro del sistema límbico, el hipocampo es quien recibe la información del exterior (mediante los sentidos), como del interior del cuerpo; integrar ambas es la base de la experiencia emocional. Es ésta una descripción muy básica de como funciona la emocionalidad, pero la vemos suficiente para nuestro comentario. Así entonces, como nuestro sistema emocional surge del sistema límbico, nuestra racionalidad surgiría del neocórtex, que posee una diferente estructura organizativa. En 1970, amplió el desarrollo de esa concepción para explicar los procesos emocionales en su complejidad y generó la hipótesis de un cerebro triple (dada las tres etapas evolutivas que arribaron a que los mamíferos superiores posean una jerarquía de tres cerebros en uno: el "cerebro triple" o “triúnico” (inglés triune, o “tres en uno”):

El primero, “cerebro reptil o reptiliano”, compulsivo y estereotipado, comprende el tallo cerebral y regula los elementos básicos de supervivencia (ej.: las tortugas marinas que regresan al mismo lugar en que nacieron). Primero en aparecer, se define en los ganglios basales, el tronco del encéfalo y el cerebelo, responsables de la supervivencia inmediata donde anidan los comportamientos básicos, estereotipados y predecibles que señalan a vertebrados con poca evolución como los reptiles. Posee conductas simples e impulsivas, como rituales que se repiten y dependen de la fisiología del organismo: miedo, hambre, enfado, etc.

El “cerebro paleomamífero” comprende el sistema límbico, que le agrega a esos instintos básicos, la experiencia reciente. Este sistema permite que los procesos de sobrevivencia del cerebro reptil, se relacionen con el mundo externo y den por resultado la expresión de la emoción (ej.: el instinto de reproducción actúa frente a la presencia de alguien del otro sexo y genera deseo sexual). Es una estructura muy útil para el aprendizaje: si una conducta produce emociones agradables se tiende a repetirla tratando de modificar el entorno para que vuelva a producirse; si causa dolor, se recuerda para evitar experimentarla de nuevo.

El “cerebro neomamífero o neocorteza”, regula las emociones basadas en la percepción e interpretación del mundo inmediato (ej.: el amor hacia un individuo particular). Ese neocórtex es el paso evolutivo más reciente del cerebro que puede aprender de la realidad, trazar planes y diseñar estrategias complicadas y originales. El complejo reptiliano se basa en repetir procesos por lo biológico; el neocórtex analiza lo sutil del entorno y de nuestros propios actos.

MacLean sostiene que en los humanos y otros mamíferos avanzados existen los tres cerebros; que los mamíferos inferiores sólo tienen cerebros paleomamífero y reptiliano y los demás vertebrados sólo éste último. El cerebro paleomamífero (sistema límbico) liberó a los animales de los instintos estereotipados del cerebro reptil; el cerebro neomamífero permitió mayor flexibilidad a las emociones, al interpretarlas como procesos racionales y complejos que nos permiten hallar la solución de problemas y planificar la expresión emocional a largo plazo.

Vemos entonces que el miedo es un proceso instintivo que tiene su origen en el cerebro reptiliano y se traslada al sistema límbico, produciendo las emociones. Este sistema revisa constantemente (incluso durante el sueño) la información que se recibe por los sentidos mediante la amígdala cerebral, que controla las emociones básicas como el afecto y el miedo y trata en este caso de localizar la fuente del peligro. Si la amígdala se activa, se produce la sensación de miedo y ansiedad y la respuesta puede ser la huida, la lucha o la parálisis. Esa sensación produce cambios fisiológicos inmediatos: aumenta el metabolismo celular, la presión arterial, la glucosa en la sangre, la coagulación y la actividad cerebral. La sangre fluye a los músculos mayores (principalmente a las extremidades inferiores, preparando la huida), el corazón bombea sangre con más rapidez para llevar hormonas a las células (adrenalina) y hay grandes modificaciones faciales: se agrandan los ojos para mejorar la visión, se dilatan las pupilas para facilitar la admisión de luz, se arruga la frente y los labios se estiran horizontalmente. Se demostró que el miedo se relaciona con la concentración de dopamina en la amígdala cerebral y que también se propicia por las conexiones de ésta con otras regiones del cerebro (el cíngulo). Si el sistema límbico fija la atención en la amenaza, se desactivan los lóbulos frontales, responsables de procesos cognitivos complejos o funciones ejecutivas. Si sobreviene un ataque de pánico​ la atención se fija en la amenaza y cuando síntomas como el ritmo cardíaco o la presión sanguínea se interpretan como confirmación de la misma se retroalimenta ese miedo, no se permite evaluar el riesgo real, tal como ocurre en las fobias: la atención del fóbico no puede prestar atención a otra cosa y magnifica el peligro.

Se demostró que mediante la psicoterapia se puede mejorar la comunicación de la amígdala cerebral y el cíngulo anterior, logrando que las personas aprendan a actuar con menos miedo y tener mayor seguridad en sí mismas. Así como nuestros procesos psicológicos y fisiológicos nos preparan para la lucha o la huida (las dos reacciones ancestrales frente al peligro), también puede paralizarnos y desconcertarnos frente a los acontecimientos (recordemos la desactivación de los lóbulos frontales). Por lo tanto adquiere mucha importancia la posibilidad de que, ante el miedo (generado en el cerebro reptiliano), podamos desactivar esa parálisis (producida en el sistema límbico) y reaccionar (uso del neocortex) para salir de ella.

Señalamos algunas actitudes que pueden facilitarnos el control del miedo, tales como:

  • Admitirlos: ya que los miedos existen, debemos reconocerlos y así construir la confianza.
  • Investigarlos: tratar de averiguar su origen, sin sentir vergüenza, sin culparse y aceptando que es normal padecerlos.
  • Preguntarse: ¿qué pasa frente a ese cambio que nos inspira miedo? ¿cuál puede ser la peor consecuencia? ¿qué herramientas poseemos para enfrentarlo? Probablemente al hacerlo con serenidad, nos daremos cuenta que ese miedo carece de sentido o disminuye en intensidad.
  • Accionar: parece una verdad de perogrullo, pero lo mejor para vencer el miedo es realizar o ir hacia aquello que nos lo inspira. Existen técnicas para vencer una fobia y la mayoría de ellas consisten en proceder hacia el objeto fóbico. Evitarlo, sólo aviva los fantasmas que muchas veces rodean a ese miedo.
  • Disfrutar de los logros: cada paso que damos para vencer el miedo, merece ser festejado y agradecerlo. No sólo debemos recriminarnos por lo que no hacemos, sino que también es nuestro “deber” alegrarnos por los logros.

Los miedos provienen -en su mayoría- por el temor al cambio, porque nuestras acciones nos provoquen pérdidas, porque aparezca el peligro de esa pérdida, por la crítica ante los ojos de los demás, por perder el control de la situación, etc. Son todas circunstancias donde lo que se teme son consecuencias y éstas son futuro. Cuando miramos al futuro, debemos comprender que no podemos predecirlo y que puede ser tanto positivo como negativo. No nos aferremos a lo negativo sino que démosle la oportunidad de beneficiarnos. A veces, frente a las situaciones de pánico, hablar acerca de ellas, adoptar actitudes de relajación, respirar adecuadamente, escuchar y comprender que esas sensaciones tremendas y catastróficas que sentimos no ocurrirán, puede ayudarnos a superar el miedo.

No olvidemos que frente a la reacción de nuestro cerebro reptiliano y a la incorporación de la emoción en nuestro sistema límbico, podemos oponer las capacidades de nuestro neocórtex, que nos podrá ayudar para superar la situación. Por supuesto que eso nos liberará del estrés perjudicial, nos acercará momentos de felicidad y por tanto mejorará nuestra calidad de vida. Muchas gracias!

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Acerca de Humberto

Licenciado en Psicología, Consultor psicológico (U. Maimónides), Magister en Didáctica de la Música (U. CAECE), Educador musical, Bachiller en Música Sacra (Facultad Evangélica de Teología). Ha realizado estudios en Educación Musical en Inglaterra y se ha retirado recientemente de su cargo de Director de Música en el Colegio Northlands. Se ha especializado en el diseño y realización de proyectos educativos en música, con el fin de divulgar su educación y su rol dentro de las instituciones de educación general. Ha dedicado sus esfuerzos en pos de una mejora en el nivel educativa tanto desde el aspecto pedagógico, artístico y psicológico, a fin de mejorar la calidad de vida contribuyendo a la prevención de la salud.

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