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La percepción es la consecuencia de un cúmulo de sensaciones o estímulos externos e internos procesados por los sentidos y el sistema nervioso que, sumados a la información que ya poseemos en nuestro cerebro y al contexto donde nos desenvolvemos, conlleva a percibir un algo específico. Y lo hacemos desde una realidad que va más allá de nosotros mismos y que condiciona incluso, la forma de esa percepción (No es lo mismo percibir un partido de fútbol en una cancha que un concierto sinfónico en un teatro).

La percepción genera en nosotros tres situaciones que nos conforman como seres humanos: una situación cognitiva por medio del pensar, otra afectiva por el sentir y una última conductual desde el hacer. Entender al hombre como resultante de esa “trilogía”, con una visión sistémica y no sólo lineal, da por resultado que, modificar cualquiera de sus elementos transforma los restantes en un cambio que apunta a lo positivo en nuestra cotidianeidad.

Esto significa que, en las relaciones interpersonales e incluso en la relación con nosotros mismos, debemos tomar en cuenta esos tres aspectos ya sea al generar un proyecto, al establecer una relación o simplemente al reflexionar. Entender al otro significa reconocer que también es “dueño” de un pensar-sentir-hacer distinto al nuestro y que si bien podemos influir en él, debemos aceptar que él también podría influir en nosotros.

Consideramos esta ponencia como básica para cualquier tarea que requiera la interrelación con nuestros semejantes, desde la consulta psicológica, la enseñanza, el arte, la amistad, el afecto, etc. El pensamiento de la modernidad, que consideraba que por la razón se podía alcanzar una “verdad absoluta” como objetivo de nuestras vidas, fue reemplazado por un nuevo paradigma: la importancia no sólo del pensar sino también del sentir en cada una de nuestras decisiones y que ambos, pensamientos y emociones, serán los que condicionen nuestras conductas.

Este nuevo paradigma ha generado incluso, un cambio en las ciencias de la salud, que al ir desde la visión reduccionista cartesiana que dejaba incomunicados al cuerpo y a la mente a otra inclusiva y sistémica, que dio incluso lugar a nuevas disciplinas como la psicobiología y la psiconeuroinmunología, al reconocer que tanto nuestro estado de ánimo como los estímulos del medio ambiente son muy importantes para la salud.

Nuevos estudios tratan de determinar la relación entre “felicidad” y sistema inmune, entre nuestro estado de ánimo y nuestro cuerpo en lo que a inmunidad y prevención de la enfermedad se refiere. Así como el estrés, la depresión, ciertos diagnósticos o una penosa situación socioeconómica pueden afectar el perfil inmunológico, las experiencias de felicidad, alegría y bienestar pueden provocar – en sentido opuesto – cambios en los mecanismos biológicos. La salud no es sólo un producto de lo que ingerimos, del deporte o de la genética sino también de nuestras emociones, pensamientos y acciones ya que el cuerpo registra los estados mentales y funciona a partir de ellos.

Cuando creemos que no podemos modificar lo que nos provoca un conflicto, no debemos olvidar que existen esos tres caminos para comenzar el cambio: la ruta del pensamiento, el camino de la emoción o el tránsito de la conducta. Si tenemos como objetivo mejorar la calidad de nuestra vida, dirijamos nuestros esfuerzos para andar en alguno de ellos, como forma de lograr más felicidad que, una vez más, redundará a su vez, en una mejora de la calidad de vida. Muchas gracias!

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Si hay temas comunes en la comunicación humana, uno de ellos es la necesidad, por momentos imperiosa, de conocer el porqué de todo lo que nos ocurre. Nos preguntamos, nos enojamos, sentimos curiosidad, queremos saber, cuestionamos, etc., todo para satisfacer la necesidad de un “por qué?”. Un “por qué?” que, si bien fue y es disparador de grandes descubrimientos y motor de los progresos, también y tal como a muchas de nuestras emociones, es a veces importante ponerle coto, ya que esa necesidad de preguntar a veces nos lleva al borde de la obsesión.

No caben dudas que es positivo encontrar la causa de lo que nos sucede, pero debemos aceptar que no siempre tendremos las respuestas que deseamos. Esos “por qué?” se presentan en muchas ocasiones: en el duelo, en el conocimiento del otro o en una situación laboral; generan diversos estados de ánimo - bronca, miedo o insatisfacción; condicionan tanto nuestra existencia como nuestras relaciones personales.

De hecho, existen preguntas que jamás podremos contestar y que atañen a cuestiones esenciales de la vida: ¿por qué y para qué nacemos?, ¿por qué morimos?, ¿qué nos determina?, etc. y sin embargo no son una preocupación diaria, ya que rara vez las recordamos. Por supuesto que olvidarlas puede ser una forma de defensa frente a su enorme magnitud, pero sí son la demostración de que hay causas que, al menos por el momento están vedadas a nuestro conocimiento.

Considerar esa imposibilidad de respuesta, trae alivio y calma a nuestro espíritu. Preocuparnos por no encontrar las respuestas que deseamos, nos ubica en una zona de ansiedad, de desencanto, de impotencia, de debilidad e incluso de frustración. Contestarnos en forma satisfactoria, nos brinda placer, satisfacción e incluso eleva nuestra autoestima.

Por otra parte, no conocer esos “porqués”, nos permite tener conciencia de la impredecibilidad, como estado natural de nuestra forma de vida. Pasamos mucho tiempo persiguiendo certezas e incluso nuestro sistema educativo busca constantemente brindarnos respuestas y certezas. La existencia del hombre a través del tiempo nos ha enseñado que, muchas veces, perseguir esas certezas es una gran quimera.

Aceptar y aceptarnos no es resignarnos, es ubicarnos en forma objetiva en lo referente al desenvolvimiento de nuestra vida, lo cual no implica no seguir desarrollándonos en busca del sentido que nos mueve a crecer. No olvidemos que occidente se basó en la racionalidad de un paradigma de simplificación que influyó tanto en el pensamiento, el sentimiento y también en la acción o la conducta; se pretendió racionalizar, normalizar y concebir la realidad como reducible a esquemas ordenados desde una lógica identitaria y un orden unificador, rechazando las formas “irracionales”, sustentada en una objetividad absoluta pAAero ilusoria, que no afectaría al observador ni al observado. Pensamiento que ha fracasado generando muchas de nuestras crisis.

De allí Edgar Morin, buscando un nuevo modo de pensar, propone el “paradigma de complejidad”, para regir no sólo el pensamiento sino también las acciones, como contraposición a la simplificación del modelo clásico. Esa complejidad es relacionar e incluir todo (hasta la propia simplificación), y también multidimensional (cada cuestión incluye muchas causas y muchos efectos). Por lo tanto es abierta e incompleta, lo que plantea que no siempre obtendremos la respuesta deseada.

Si aceptamos esto, probablemente logremos mayor tranquilidad y felicidad que, lógicamente nos permitirán una mejor calidad de vida.

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En estos días tenemos el placer de encontrar en nuestro país a Daniel Barenboim, uno de los músicos más aclamados, tanto como pianista o como director de orquesta. Viene acompañado de su orquesta “Divan” o “West-Eastern Divan Orchestra” (en castellano Orquesta del Diván de Oriente y Occidente, nombre surgido de un libro de poemas de Goethe), proyecto generado por Barenboim y el filósofo Edward Said en 1999, con el objeto de reunir jóvenes músicos talentosos tanto palestinos, árabes e israelíes, en un espíritu de concordia y armonía para así generar diálogo y reflexión sobre el conflicto israelí-palestino. Comenzó en Weimar y Chicago y desde 2002 se radicó en Sevilla. El proyecto combina estudio musical con un compartir el saber y el entendimiento entre culturas que fueron rivales por tradición.

El propio Barenboim sostiene que “no es una orquesta para la paz” tal como lo expresa en un reportaje para Clarín del domingo pasado, ya que la paz necesita otras cosas para existir, pero también plantea que si bien no es un proyecto político, ofrece otras alternativas para la convivencia entre seres humanos con posiciones, a veces, radicalmente distintas.

Muchas veces he expuesto que la Música, la Educación y la Psicología constituyen, según mi opinión personal, una trilogía sistémica donde cada uno de sus elementos potencia a los otros dos en su praxis, haciendo realidad la teoría sistémica de que “el resultado es mayor que la suma de sus partes”. Una orquesta es ejemplo de la vida cotidiana: un conjunto de seres humanos cada uno con su función, guiados por un director hacia un objetivo común. Tal como en la cotidianeidad, en esta orquesta se pone en evidencia uno de los principales elementos de la psicología en pos de la solución de conflictos: para el concierto y en su preparación, se debe aceptar la posición conductista del director “absoluto” que puede unificar cien almas que piensan y sienten distinto. En la decisión de ingresar a ella y de participar compartiendo su misión, existe ese constructivismo donde cada uno forja su realidad en pos del objetivo común.

El Maestro Barenboim es, además de un músico excepcional, un “maestro” en el más profundo sentido de la palabra, lo que se comprueba viendo sus clases magistrales, donde más allá además de la profundidad conceptual exhibe permanentemente una enorme profundidad interpretativa, dando lugar a la manifestación de las emociones vistas desde su “significativo significado”. Todas sus actividades tienden a mostrar la preocupación por el desarrollo constante, por ideales permanentes y en muchas ocasiones por un esfuerzo desinteresado.

Me tomo la libertad de verlo como un cabal inspirador y representante del “Objeto MEP – Música, Educación y Psicología”, tres disciplinas unidas por el sonido y el silencio, donde el arte, el conocimiento y la reflexión hacen una causa común en pos de una mejor calidad de vida y por tanto de mayor felicidad.

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No siempre encontramos esta palabra en el léxico habitual de la psicología. Sin embargo, dentro de las técnicas, los recursos o las capacidades del psicólogo, ésta debería ser una actitud permanente que permita a quien acude por algún tipo de ayuda o a quien padece una patología, sentirse apreciado como persona, comprendido en su dolor y acompañado en su forma de sentir.

Jung manifiesta: "conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana sea apenas otra alma humana". Esto nos sitúa en una dimensión compartida, donde la ayuda se expresa en brindar a los pacientes nuevas variantes que puedan enriquecer sus recursos para ayudarse a sí mismos en sus conflictos.

Sin duda que para ello, es necesario conocer las aproximaciones al estudio de la psicología y es indispensable manejar el vocabulario adecuado y -obviamente- su significado preciso y su forma de aplicación. Pero entre esas palabras, hay una que nos interesa destacar en este escrito y es la "amorosidad". Amorosidad no es sólo una actitud, sino que debería constituir una forma de relación.

Octavio Fernández Mouján plantea en uno de sus escritos: ". . .Esta actitud de apertura a una realidad viva (crisis vital) que se está dando junto a lo dado que lo transforma, nos extiende el campo del psicoanálisis por varios motivos: primero el terapeuta deja de ser un observador para convertirse en copartícipe de la experiencia, segundo no hay certeza objetiva pues prima la vivencia emocional con in-formación que anhela dar forma a lo que aún no la tiene y tercero nos abre influyéndonos en el futuro, lo desconocido (u oculto). Podemos incluir un cuarto motivo, que, no es desde el Yo observador sino desde lo que somos como 'ser siendo con' "   

Si bien aquí existen términos que merecen una explicación más detallada, esto extendería el escrito apartándose de su objetivo principal; pero sí podemos mencionar donde ese texto se liga con la amorosidad: si el terapeuta pasa a ser copartícipe de la experiencia del paciente, acepta que la forma de lo que ocurre se irá descubriendo en la experiencia emocional, si coincide en que todo ello influirá en el futuro de ambos y que también "va siendo al ser con" el paciente, su actitud será amorosa, ya que intenta comprender la visión del paciente desde su propia sensibilidad, sin establecer barreras que dificulten sino puentes que favorezcan.

Ser amoroso no significa necesariamente ser "piadosos", "indiferentes" o "condescendientes": significa tratar de ubicar las cuestiones y los conflictos en su justo punto medio, pero pensando que delante nuestro no hay un objeto de estudio o alguien inferior, sino alguien que además de técnica o conocimiento por nuestra parte, requiere comprensión, escucha, acompañamiento, aceptación y profundo respeto. Tendríamos que pensar que "consentir" en realidad es "sentir con", pequeña diferencia que implica un gran cambio de actitud.

En realidad, esto no es aplicable sólo en un consultorio o entre un terapeuta y su paciente, sino en nuestras relaciones cotidianas, donde la amorosidad debería jugar un papel fundamental en todas nuestras relaciones, sea cual fuere el carácter de las mismas. Si pensamos y sentimos "con" el otro y desde el otro, probablemente podremos evitar muchos conflictos y por tanto tener una mejor calidad de vida. Muchas gracias.

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¿Qué definimos como “salto”?

Pensamos el salto como un movimiento para despegarnos del suelo, que nos permita llegar a un lugar de manera súbita y más abreviada que si lo hiciéramos caminando. También puede referirse a omitir algo voluntaria o involuntariamente (p. ej. dejar de leer algo en un escrito), a desplazarnos de un lugar a otro con cierta violencia (bajar una escalera a los saltos), ascender a un puesto de trabajo sin pasar por los intermedios o comenzar a funcionar de manera repentina (una gota de lavandina que “saltó” sobre un vestido, estropeándolo).

No es casual que escribamos sobre esto cuando faltan pocas horas para terminar un año y comenzar el próximo, tema que el calendario occidental cumple inexorablemente del 31 de diciembre al 1 de enero. Y allí hay -como una forma de interpretarlo- un salto, no sólo “calendario” sino también por nuestro estado de ánimo, que seguramente comprenderá satisfacciones, arrepentimientos, expectativas, dudas, esperanzas, ilusiones, recuerdos, asombros y también evaluaciones.

Puede interpretarse allí como el “salto” de la certeza (de lo ocurrido) a la indefinición (de lo que ocurrirá), de aquello que ya comprobamos a la incertidumbre de lo que vendrá, de lo que nos define como transcurrido a lo que nos cuestiona como lo que podrá suceder.

Una característica humana es la necesidad de etiquetar, de designar las situaciones asimilando unas con otras y suponer que deben ser de esa determinada manera o sino que no son o que están erradas; y a través de muchas generaciones hemos establecido esas fechas para confrontar pasado con futuro, sin tomar conciencia en ocasiones que cada minuto, hora y día evaluamos pasado y futuro sintiendo el agobio o la satisfacción y la esperanza o el temor.

Así como necesitamos esas “etiquetas”, deberíamos sentir como importante aceptar lo que “somos”, lo que “son” y lo que “podemos ser”: aceptarnos en nuestras debilidades y fortalezas, en nuestros errores y aciertos y -repito- en lo que fuimos y lo que podremos ser. A menudo cuando tocamos este tema, quienes vienen en busca de ayuda ante un conflicto responden que eso da idea de resignación. Nada más distante!

Aceptarse es el primer paso para elaborar un cambio, para predisponerse a enfrentar la incertidumbre del futuro y aprovechar la experiencia del pasado. En una palabra, es prepararse para “dar el salto”.

He aquí el tema principal, ¿cómo ver ese “salto”?: cómo liberador o cómo parte de nuestros temores?; cómo forma de aunar la idea del vuelo junto al temor de la caída o sólo inclinarnos hacia uno u otro? cómo una manera de aprovechar las circunstancias positivas o dejarnos vencer por los presagios negativos?

Lo importante entonces, es tratar de ver y decidir nuestra posición frente a lo que sucederá; y para ello, tener conciencia que cada acción promueve consecuencias y ellas a su vez nos modifican en una constante retroalimentación. Casi siempre llegamos a una bifurcación en el camino ante cada decisión: una opción que se inclina por lo negativo y otra que tiende hacia lo positivo. Cada una implica un salto en dirección opuesta: ¿Cuál decidir?

Y esa común afirmación de “no se cómo podés ver esto como positivo” cuando lo que acontece parece desbordarnos, pierde sustento cuando comenzamos a percibir que no existe la “totalidad” para el ser humano, ya que siempre cada cosa, acción o circunstancia tienen algo de su opuesto: los días algo de oscuro y las noches algo de luz.

En estos días vamos a dar un salto, que en números se traduce “del 2018 al 2019”.

Si nos inclinamos a lo positivo, ¿qué podríamos hacer en primer lugar? Algo muy sencillo, sonreir: sonreir al prójimo y también sonreirnos a nosotros mismos. Festejar en esa sonrisa, todo aquello que nos brinda satisfacciones y que poseemos en nuestra singularidad.

Entendernos y aceptarnos desde la maravilla que somos y también con las miserias que podamos tener, ya que todo eso conforma un ser con capacidad de sonreir al mundo. Tal vez por eso concluimos con estas palabras tomadas del capítulo diez del libro “Humanismo Social” del Padre Hurtado que creemos vale la pena que acompañen nuestro saludo:

¿Sabes el valor de una sonrisa?

No cuesta nada pero vale mucho.

Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da.

Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre.

Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla.

Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad.

Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado,

sol para el triste y recuerdo para el turbado.

Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da.

Y si en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa?

Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás.

Muy Feliz Año Nuevo!!!

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