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No siempre encontramos esta palabra en el léxico habitual de la psicología. Sin embargo, dentro de las técnicas, los recursos o las capacidades del psicólogo, ésta debería ser una actitud permanente que permita a quien acude por algún tipo de ayuda o a quien padece una patología, sentirse apreciado como persona, comprendido en su dolor y acompañado en su forma de sentir.

Jung manifiesta: "conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana sea apenas otra alma humana". Esto nos sitúa en una dimensión compartida, donde la ayuda se expresa en brindar a los pacientes nuevas variantes que puedan enriquecer sus recursos para ayudarse a sí mismos en sus conflictos.

Sin duda que para ello, es necesario conocer las aproximaciones al estudio de la psicología y es indispensable manejar el vocabulario adecuado y -obviamente- su significado preciso y su forma de aplicación. Pero entre esas palabras, hay una que nos interesa destacar en este escrito y es la "amorosidad". Amorosidad no es sólo una actitud, sino que debería constituir una forma de relación.

Octavio Fernández Mouján plantea en uno de sus escritos: ". . .Esta actitud de apertura a una realidad viva (crisis vital) que se está dando junto a lo dado que lo transforma, nos extiende el campo del psicoanálisis por varios motivos: primero el terapeuta deja de ser un observador para convertirse en copartícipe de la experiencia, segundo no hay certeza objetiva pues prima la vivencia emocional con in-formación que anhela dar forma a lo que aún no la tiene y tercero nos abre influyéndonos en el futuro, lo desconocido (u oculto). Podemos incluir un cuarto motivo, que, no es desde el Yo observador sino desde lo que somos como 'ser siendo con' "   

Si bien aquí existen términos que merecen una explicación más detallada, esto extendería el escrito apartándose de su objetivo principal; pero sí podemos mencionar donde ese texto se liga con la amorosidad: si el terapeuta pasa a ser copartícipe de la experiencia del paciente, acepta que la forma de lo que ocurre se irá descubriendo en la experiencia emocional, si coincide en que todo ello influirá en el futuro de ambos y que también "va siendo al ser con" el paciente, su actitud será amorosa, ya que intenta comprender la visión del paciente desde su propia sensibilidad, sin establecer barreras que dificulten sino puentes que favorezcan.

Ser amoroso no significa necesariamente ser "piadosos", "indiferentes" o "condescendientes": significa tratar de ubicar las cuestiones y los conflictos en su justo punto medio, pero pensando que delante nuestro no hay un objeto de estudio o alguien inferior, sino alguien que además de técnica o conocimiento por nuestra parte, requiere comprensión, escucha, acompañamiento, aceptación y profundo respeto. Tendríamos que pensar que "consentir" en realidad es "sentir con", pequeña diferencia que implica un gran cambio de actitud.

En realidad, esto no es aplicable sólo en un consultorio o entre un terapeuta y su paciente, sino en nuestras relaciones cotidianas, donde la amorosidad debería jugar un papel fundamental en todas nuestras relaciones, sea cual fuere el carácter de las mismas. Si pensamos y sentimos "con" el otro y desde el otro, probablemente podremos evitar muchos conflictos y por tanto tener una mejor calidad de vida. Muchas gracias.

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¿Qué definimos como “salto”?

Pensamos el salto como un movimiento para despegarnos del suelo, que nos permita llegar a un lugar de manera súbita y más abreviada que si lo hiciéramos caminando. También puede referirse a omitir algo voluntaria o involuntariamente (p. ej. dejar de leer algo en un escrito), a desplazarnos de un lugar a otro con cierta violencia (bajar una escalera a los saltos), ascender a un puesto de trabajo sin pasar por los intermedios o comenzar a funcionar de manera repentina (una gota de lavandina que “saltó” sobre un vestido, estropeándolo).

No es casual que escribamos sobre esto cuando faltan pocas horas para terminar un año y comenzar el próximo, tema que el calendario occidental cumple inexorablemente del 31 de diciembre al 1 de enero. Y allí hay -como una forma de interpretarlo- un salto, no sólo “calendario” sino también por nuestro estado de ánimo, que seguramente comprenderá satisfacciones, arrepentimientos, expectativas, dudas, esperanzas, ilusiones, recuerdos, asombros y también evaluaciones.

Puede interpretarse allí como el “salto” de la certeza (de lo ocurrido) a la indefinición (de lo que ocurrirá), de aquello que ya comprobamos a la incertidumbre de lo que vendrá, de lo que nos define como transcurrido a lo que nos cuestiona como lo que podrá suceder.

Una característica humana es la necesidad de etiquetar, de designar las situaciones asimilando unas con otras y suponer que deben ser de esa determinada manera o sino que no son o que están erradas; y a través de muchas generaciones hemos establecido esas fechas para confrontar pasado con futuro, sin tomar conciencia en ocasiones que cada minuto, hora y día evaluamos pasado y futuro sintiendo el agobio o la satisfacción y la esperanza o el temor.

Así como necesitamos esas “etiquetas”, deberíamos sentir como importante aceptar lo que “somos”, lo que “son” y lo que “podemos ser”: aceptarnos en nuestras debilidades y fortalezas, en nuestros errores y aciertos y -repito- en lo que fuimos y lo que podremos ser. A menudo cuando tocamos este tema, quienes vienen en busca de ayuda ante un conflicto responden que eso da idea de resignación. Nada más distante!

Aceptarse es el primer paso para elaborar un cambio, para predisponerse a enfrentar la incertidumbre del futuro y aprovechar la experiencia del pasado. En una palabra, es prepararse para “dar el salto”.

He aquí el tema principal, ¿cómo ver ese “salto”?: cómo liberador o cómo parte de nuestros temores?; cómo forma de aunar la idea del vuelo junto al temor de la caída o sólo inclinarnos hacia uno u otro? cómo una manera de aprovechar las circunstancias positivas o dejarnos vencer por los presagios negativos?

Lo importante entonces, es tratar de ver y decidir nuestra posición frente a lo que sucederá; y para ello, tener conciencia que cada acción promueve consecuencias y ellas a su vez nos modifican en una constante retroalimentación. Casi siempre llegamos a una bifurcación en el camino ante cada decisión: una opción que se inclina por lo negativo y otra que tiende hacia lo positivo. Cada una implica un salto en dirección opuesta: ¿Cuál decidir?

Y esa común afirmación de “no se cómo podés ver esto como positivo” cuando lo que acontece parece desbordarnos, pierde sustento cuando comenzamos a percibir que no existe la “totalidad” para el ser humano, ya que siempre cada cosa, acción o circunstancia tienen algo de su opuesto: los días algo de oscuro y las noches algo de luz.

En estos días vamos a dar un salto, que en números se traduce “del 2018 al 2019”.

Si nos inclinamos a lo positivo, ¿qué podríamos hacer en primer lugar? Algo muy sencillo, sonreir: sonreir al prójimo y también sonreirnos a nosotros mismos. Festejar en esa sonrisa, todo aquello que nos brinda satisfacciones y que poseemos en nuestra singularidad.

Entendernos y aceptarnos desde la maravilla que somos y también con las miserias que podamos tener, ya que todo eso conforma un ser con capacidad de sonreir al mundo. Tal vez por eso concluimos con estas palabras tomadas del capítulo diez del libro “Humanismo Social” del Padre Hurtado que creemos vale la pena que acompañen nuestro saludo:

¿Sabes el valor de una sonrisa?

No cuesta nada pero vale mucho.

Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da.

Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre.

Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla.

Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad.

Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado,

sol para el triste y recuerdo para el turbado.

Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da.

Y si en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa?

Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás.

Muy Feliz Año Nuevo!!!

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Para comenzar deseo comentarles que, con mucho orgullo -mi edad me habilita- luzco el apelativo de “viejo”. En esta sociedad actual, parece que referirse a uno como “viejo”, significa un insulto o al menos algo no deseado ni querido. Personalmente no creo que su antónimo “joven” represente un témino ofensivo, por lo cual “viejo” tampoco debería serlo, ya que simplemente marca otra etapa de la vida.

La vejez es la última etapa de los seres vivos y una inevitable consecuencia del paso del tiempo. La realidad es que envejecemos desde que llegamos al mundo, pese a que se mencionen esas etapas de otra forma: crecimiento, maduración, juventud, adultez, hasta alcanzar la curva declinante de un cierto desgaste psicofísico, que se dará de acuerdo a las experiencias personales y a las formas de ser. Se reduce la actividad y pueden existir problemas de salud asociados a la edad, aunque como consecuencia de los avances en el campo de la salud, la vejez se extendió en el tiempo y la esperanza de vida se ha alargado para este sector de la población.

Aquí aparece el primer punto de importancia: vejez NO es enfermedad; ésta, como bien sabemos, puede aparecer también en la juventud o en la niñez. Generalmente se piensa que la vejez se caracteriza por la finalización o la reducción de la actividad laboral, pero he aquí el segundo punto: no siempre finaliza la actividad, sino que, en la mayoría de los casos, se puede transformar e incluso realizarse con mayor libertad de elección. El tercero es que la vejez puede ser una realidad que no siempre gusta, que puede oprimir y afectar psicológicamente al ser humano, pero esto tampoco es una regla exacta y permanente. Llegar a la vejez -Tercera Edad- significa enfrentar la pérdida del rol desempeñado en la sociedad, ya que se deja de trabajar en lo que se venía realizando, no se tienen las mismas cualidades físicas de la juventud y puede haber cierta confusión al afrontar el presente, pero también hay opciones importantes que nos dignifican y nos ayudan a no considerar que nuestra existencia dejó de tener sentido. Tal vez en muchos aspectos, ese sentido se afianza y se focaliza aún con mayor interés.

En la actualidad, no siempre se considera y valora la vejez como corresponde: muchos se alejan de sus parientes ancianos porque se aburren, porque están enfermos o porque no encuentran la forma de comunicarse, entre otras razones; actitud que tiene un impacto negativo en el adulto mayor, que se siente discriminado y solo; posiblemente la ecuación funcione a la inversa: el viejo se enferma, es aburrido o no se comunica, porque no se lo atiende mostrándole amor. La sociedad no funciona como en la antigüedad, donde la vejez era respetada como símbolo de autoridad y sabiduría (“Pater familias” en Roma).
En realidad podemos afirmar que el mayor problema de la vejez no es físico o biológico sino social y cultural; el envejecimiento es un proceso ineludible e irreversible, al que todos parecemos temer y ese temor nos hace olvidar que mientras nuestra vida continúe, todos pasaremos por él. Los mayores de 60 años en tiempos pasados -no muy distantes- poseían actitudes conservadoras, historias austeras, se mostraban exigentes y a su vez despreciativos con las generaciones más jóvenes dada su dificultad para comprender las nuevas realidades y sus cambios; en estos últimos años, la vejez se ha retrasado hasta después de los setenta y cinco u ochenta años y los mayores se caracterizan por su diversidad y su heterogeneidad tal como sucede en los otros grupos sociales. A estos nuevos adultos mayores, les atrae disfrutar y situarse en el bienestar, están mucho más abiertos en sus posiciones, interesados en lo que sucede a su alrededor y son más tolerantes y permisivos.

El envejecimiento y sus consecuencias se asocian en general con la pérdida: pérdida de autonomía, de funciones sensoriales, afectivas, de capacidad física o sexual, de reflejos, sociales, etc. Si bien esto es innegable deberíamos pensar también que, en esa pertenencia a un proceso vital ineludible y pese a las capacidades reducidas, podemos cumplir misiones y lograr objetivos, que pueden ser muy importantes para el devenir de nuestros semejantes. La forma de ubicarse frente a la muerte, según los tanatólogos -y creería que sin excepción-, tiene una profunda e íntima relación con la calidad de vida previa, que no depende totalmente de los bienes materiales, sino de los valores que podemos sostener y que son el sustento de nuestro pensamiento y conducta.

En su Teoría del Desarrollo Psicosocial, el psicólogo Erik Erikson propone una división de la vida del hombre en 8 etapas, cada una de las cuales lo habilita a desarrollar ciertas competencias. Si en cada etapa la persona logra ser competente de acuerdo a ese momento vital, logrará una sensación de dominio que Erikson denomina “fuerza del ego” que ayudará a resolver los objetivos de la siguiente etapa vital; además cada una se determina por un conflicto específico que ayuda al desarrollo y si se resuelve cada uno de ellos, se logra el crecimiento personal. En este escrito nos interesa hablar de la primera y la última de esas etapas: la que va del nacimiento hasta los 18 meses y la que se desarrolla desde los 60 años hasta la muerte.

La primera, denominada “Confianza vs. Desconfianza” depende de la relación creada con la madre, que determina los futuros vínculos que se establecerán con los semejantes a lo largo de su vida: sensación de confianza, seguridad, frustración, satisfacción, etc. que determinará la calidad de las relaciones.
La segunda, llamada “Integridad del yo vs. Desesperación”, es aquella donde el individuo tiende a dejar de ser productivo o al menos no produce tanto como antes. Se alteran la vida y la forma de vivir, fallecen amigos y familiares y se tienen que afrontar los duelos de la vejez.

Al hablar de la importancia del anciano en la experiencia de vida y más allá de las actividades que pueda desarrollar, debemos tener muy en cuenta esta teoría del Desarrollo Psicosocial: el punto principal de la relación entre estas dos etapas, tan distantes en apariencia, aparece cuando Erikson manifiesta que si las personas pueden narrar coherentemente su vida y analizarla con la conciencia que ha valido la pena vivírla, pueden partir con tranquilidad. Se hallarán convencidas de que su existencia ha tenido sentido con capacidad de integrar lo vivido, habiendo cumplido su meta y preparadas entonces para dejar el mundo. Esa convicción del anciano frente a la muerte, puede contribuir a brindar la confianza necesaria a quienes asoman a la vida, completando un círculo áureo esencial para la perpetuación de la especie.

Ver la ancianidad o la vejez como la posibilidad de adquirir nuevas capacidades, como faro que puede iluminar el camino de otros, como “dador” de experiencias que pueden enriquecer otras vidas y por último como encargados de completar el círculo de la vida, permite una visión mucho más amplia y luminosa de un período que a veces se presenta como oscuro.
Para todo esto no se necesita correr rápidamente, saltar como un atleta, tener buenos reflejos o no sentir dolor: sólo se necesita aceptarse, reconocerse y volcar en los otros todo lo positivo que poseemos. Es además un interesante camino para acercarse a la felicidad y a una mayor calidad de vida! Muchas gracias!

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Creo adecuado comenzar con una pequeña aclaración del funcionamiento del cerebro, según ideas de Paul MacLean, médico y neurocientífico norteamericano que se dedicó al estudio de los procesos emocionales en nuestra mente. Estos, surgen del sistema límbico (formado por varias estructuras cerebrales que regulan la fisiología humana frente a ciertos estímulos y donde se alojan nuestros instintos). Entre ellos encontramos la memoria involuntaria, el hambre, la atención, los instintos sexuales, las emociones (placer, miedo, agresividad, etc.), la personalidad y la conducta. Está formado por el tálamo, hipotálamo, hipocampo, amígdala cerebral, cuerpo calloso, septo y mesencéfalo. El sistema interacciona velozmente (sin que necesiten mediar estructuras cerebrales superiores) con el sistema endocrino y el sistema nervioso periférico.

En 1952 MacLean propuso que hay estructuras neuronales que funcionan como un sistema de gran importancia para su desarrollo. Dentro del sistema límbico, el hipocampo es quien recibe la información del exterior (mediante los sentidos), como del interior del cuerpo; integrar ambas es la base de la experiencia emocional. Es ésta una descripción muy básica de como funciona la emocionalidad, pero la vemos suficiente para nuestro comentario. Así entonces, como nuestro sistema emocional surge del sistema límbico, nuestra racionalidad surgiría del neocórtex, que posee una diferente estructura organizativa. En 1970, amplió el desarrollo de esa concepción para explicar los procesos emocionales en su complejidad y generó la hipótesis de un cerebro triple (dada las tres etapas evolutivas que arribaron a que los mamíferos superiores posean una jerarquía de tres cerebros en uno: el "cerebro triple" o “triúnico” (inglés triune, o “tres en uno”):

El primero, “cerebro reptil o reptiliano”, compulsivo y estereotipado, comprende el tallo cerebral y regula los elementos básicos de supervivencia (ej.: las tortugas marinas que regresan al mismo lugar en que nacieron). Primero en aparecer, se define en los ganglios basales, el tronco del encéfalo y el cerebelo, responsables de la supervivencia inmediata donde anidan los comportamientos básicos, estereotipados y predecibles que señalan a vertebrados con poca evolución como los reptiles. Posee conductas simples e impulsivas, como rituales que se repiten y dependen de la fisiología del organismo: miedo, hambre, enfado, etc.

El “cerebro paleomamífero” comprende el sistema límbico, que le agrega a esos instintos básicos, la experiencia reciente. Este sistema permite que los procesos de sobrevivencia del cerebro reptil, se relacionen con el mundo externo y den por resultado la expresión de la emoción (ej.: el instinto de reproducción actúa frente a la presencia de alguien del otro sexo y genera deseo sexual). Es una estructura muy útil para el aprendizaje: si una conducta produce emociones agradables se tiende a repetirla tratando de modificar el entorno para que vuelva a producirse; si causa dolor, se recuerda para evitar experimentarla de nuevo.

El “cerebro neomamífero o neocorteza”, regula las emociones basadas en la percepción e interpretación del mundo inmediato (ej.: el amor hacia un individuo particular). Ese neocórtex es el paso evolutivo más reciente del cerebro que puede aprender de la realidad, trazar planes y diseñar estrategias complicadas y originales. El complejo reptiliano se basa en repetir procesos por lo biológico; el neocórtex analiza lo sutil del entorno y de nuestros propios actos.

MacLean sostiene que en los humanos y otros mamíferos avanzados existen los tres cerebros; que los mamíferos inferiores sólo tienen cerebros paleomamífero y reptiliano y los demás vertebrados sólo éste último. El cerebro paleomamífero (sistema límbico) liberó a los animales de los instintos estereotipados del cerebro reptil; el cerebro neomamífero permitió mayor flexibilidad a las emociones, al interpretarlas como procesos racionales y complejos que nos permiten hallar la solución de problemas y planificar la expresión emocional a largo plazo.

Vemos entonces que el miedo es un proceso instintivo que tiene su origen en el cerebro reptiliano y se traslada al sistema límbico, produciendo las emociones. Este sistema revisa constantemente (incluso durante el sueño) la información que se recibe por los sentidos mediante la amígdala cerebral, que controla las emociones básicas como el afecto y el miedo y trata en este caso de localizar la fuente del peligro. Si la amígdala se activa, se produce la sensación de miedo y ansiedad y la respuesta puede ser la huida, la lucha o la parálisis. Esa sensación produce cambios fisiológicos inmediatos: aumenta el metabolismo celular, la presión arterial, la glucosa en la sangre, la coagulación y la actividad cerebral. La sangre fluye a los músculos mayores (principalmente a las extremidades inferiores, preparando la huida), el corazón bombea sangre con más rapidez para llevar hormonas a las células (adrenalina) y hay grandes modificaciones faciales: se agrandan los ojos para mejorar la visión, se dilatan las pupilas para facilitar la admisión de luz, se arruga la frente y los labios se estiran horizontalmente. Se demostró que el miedo se relaciona con la concentración de dopamina en la amígdala cerebral y que también se propicia por las conexiones de ésta con otras regiones del cerebro (el cíngulo). Si el sistema límbico fija la atención en la amenaza, se desactivan los lóbulos frontales, responsables de procesos cognitivos complejos o funciones ejecutivas. Si sobreviene un ataque de pánico​ la atención se fija en la amenaza y cuando síntomas como el ritmo cardíaco o la presión sanguínea se interpretan como confirmación de la misma se retroalimenta ese miedo, no se permite evaluar el riesgo real, tal como ocurre en las fobias: la atención del fóbico no puede prestar atención a otra cosa y magnifica el peligro.

Se demostró que mediante la psicoterapia se puede mejorar la comunicación de la amígdala cerebral y el cíngulo anterior, logrando que las personas aprendan a actuar con menos miedo y tener mayor seguridad en sí mismas. Así como nuestros procesos psicológicos y fisiológicos nos preparan para la lucha o la huida (las dos reacciones ancestrales frente al peligro), también puede paralizarnos y desconcertarnos frente a los acontecimientos (recordemos la desactivación de los lóbulos frontales). Por lo tanto adquiere mucha importancia la posibilidad de que, ante el miedo (generado en el cerebro reptiliano), podamos desactivar esa parálisis (producida en el sistema límbico) y reaccionar (uso del neocortex) para salir de ella.

Señalamos algunas actitudes que pueden facilitarnos el control del miedo, tales como:

  • Admitirlos: ya que los miedos existen, debemos reconocerlos y así construir la confianza.
  • Investigarlos: tratar de averiguar su origen, sin sentir vergüenza, sin culparse y aceptando que es normal padecerlos.
  • Preguntarse: ¿qué pasa frente a ese cambio que nos inspira miedo? ¿cuál puede ser la peor consecuencia? ¿qué herramientas poseemos para enfrentarlo? Probablemente al hacerlo con serenidad, nos daremos cuenta que ese miedo carece de sentido o disminuye en intensidad.
  • Accionar: parece una verdad de perogrullo, pero lo mejor para vencer el miedo es realizar o ir hacia aquello que nos lo inspira. Existen técnicas para vencer una fobia y la mayoría de ellas consisten en proceder hacia el objeto fóbico. Evitarlo, sólo aviva los fantasmas que muchas veces rodean a ese miedo.
  • Disfrutar de los logros: cada paso que damos para vencer el miedo, merece ser festejado y agradecerlo. No sólo debemos recriminarnos por lo que no hacemos, sino que también es nuestro “deber” alegrarnos por los logros.

Los miedos provienen -en su mayoría- por el temor al cambio, porque nuestras acciones nos provoquen pérdidas, porque aparezca el peligro de esa pérdida, por la crítica ante los ojos de los demás, por perder el control de la situación, etc. Son todas circunstancias donde lo que se teme son consecuencias y éstas son futuro. Cuando miramos al futuro, debemos comprender que no podemos predecirlo y que puede ser tanto positivo como negativo. No nos aferremos a lo negativo sino que démosle la oportunidad de beneficiarnos. A veces, frente a las situaciones de pánico, hablar acerca de ellas, adoptar actitudes de relajación, respirar adecuadamente, escuchar y comprender que esas sensaciones tremendas y catastróficas que sentimos no ocurrirán, puede ayudarnos a superar el miedo.

No olvidemos que frente a la reacción de nuestro cerebro reptiliano y a la incorporación de la emoción en nuestro sistema límbico, podemos oponer las capacidades de nuestro neocórtex, que nos podrá ayudar para superar la situación. Por supuesto que eso nos liberará del estrés perjudicial, nos acercará momentos de felicidad y por tanto mejorará nuestra calidad de vida. Muchas gracias!

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Muy buenos días! En ocasiones nos quejamos de lo difícil de las relaciones y olvidamos, por miedo, vergüenza, ira, etc. que hay una herramienta indispensable para la convivencia, que es el diálogo.
El vocablo proviene del griego "dia" (dos) y "logos" (palabra) y establece precisamente eso: el intercambio entre dos de una de las maravillas del hombre, la palabra. Palabra que a veces se ve afectada por pasiones y actitudes que no sabemos, no podemos o no queremos controlar: enojo, envidia, mentira o soberbia, que nos llevan con mucha facilidad a no escuchar, al insulto o a la agresión y por supuesto a la pérdida de respeto hacia el otro.
Las palabras irreflexivas o dominadas por las emociones negativas, tienden a destruir el diálogo, lo que puede significar también destruir la relación, rompiendo en instantes puentes que a veces ha sido trabajoso crear. Sentimos que si con ellas dañamos al otro, lograremos tener razón e imponerle conductas que consideramos parte de nuestras posesiones, sin percatarnos que muchas veces las conductas no nos pertenecen porque son parte de nuestra actividad inconsciente. Nunca la irreflexión ha sido positiva.

Manos escuchan
Una vez más la vida nos muestra que "después de los 50", tenemos una mayor posibilidad de reflexionar, meditar y tomar conciencia del peligro de la palabra mal usada, o peor aún de la palabra utilizada para esconder actitudes! Seamos responsables de preservar las relaciones humanas y no caigamos en la trampa del uso del diálogo impensado. Qué tengan un hermoso día!

 

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